Había una vez un hombre, en la antigua China, que no quiso ser campesino. Esto resultaba difícil porque en su pequeño pueblo casi todo el mundo lo era. Por esta razón, decidido a aprender un oficio, pensó en viajar a la capital: “Allí alguien querrá aceptarme como aprendiz” se dijo al partir.

Dedicó el primer día íntegro a buscar un maestro. Buscó en todos los oficios: herrero, cocinero, jardinero. Pero no había caso: los que aceptaban aprendices ya los habían tomado. El resto guarda sus secretos temerosos de encontrar competidores. Rápidamente el escaso dinero del que disponía el aspirante a aprendiz se agotó. Cuando sintió hambre buscó alguien que pudiese darle algo que comer. Mendigó en vano porque nadie quiso darle nada: el invierno había sido muy crudo y la comida escaseaba. Hambreado y abatido el provinciano se echó a dormir debajo del alero de una ventana cerrada.

El hambre da sueño. Quizás por esto despertó el día siguiente a media mañana. Su estómago le hacía ruido: tenía mucha hambre. Vió la ventana todavía cerrada, en plena mañana, y esto le llamó la atención. Entonces tuvo una idea: la de hacer algo que nunca antes había hecho, ni siquiera en pensamiento: forzar esa ventana y entrar a robar. Consiguió forzar la ventana y meterse en la casa, con tal mala suerte que se trataba de la morada en donde el emperador mantenía reuniones secretas con sus amantes. Por esta razón la casa solo tenía -cuando no era utilizada- una discreta guardia imperial. Inmediátamente fue detenido. Al conocer la noticia el emperador se indignó -cosa que no era tan infrecuente- y ordenó que se le aplicara al ladrón la pena de muerte. Pero sucedió que era costumbre de la época que los condenados a muerte fuesen ejecutados en la plaza pública de su lugar de origen, allí donde todo el mundo los conocía. Esto, se creía -y muchos lo creen hoy día- serviría de escarmiento para potenciales ladrones.

Así volvió el hombre que no quiso ser campesino a su pequeño pueblo de provincia.

La región se encontraba entonces bajo el control de un Mandarín con fama de hombre bondadoso. Tal como lo hacía con todos los condenados a muerte, el mandatario quizo conocer personalmente al reo. Grande fue su sorpresa al reconocerlo: sabía que él no era un ladrón y conocía a su familia, de la cual sabía, era toda gente de trabajo. Interesado el mandarín pidió al reo que le narrara lo que había sucedido. El reo entonces le contó su historia con lujo de detalles que solo los hechos reales pueden describir. Conmovido, el Mandarín, envió una carta urgente al Emperador solicitándole el indulto. Convencido de que así volvería las horas del condenado menos amargas, le informó de la gestión que estaba realizando por su vida. Pero pasaban los días y la respuesta del emperador no llegaba. Y la fecha de ejecución, según la ley, era impostergable.

Finalmente el día llegó. Como era la costumbre, se armó en la plaza una guillotina -cosa que como casi todo- es un invento chino. Se armó también un palco para el Mandarín sus concubinas y sus funcionarios. A la hora señalada se llevó al reo ante la guillotina, se le ataron las manos y se lo colocó de rodillas con la cabeza apoyada en el lugar sobre el cuál caería el filo. El verdugo solo esperaba el gesto, un ademán con la cabeza, del mandarín para soltar la guillotina. El pueblo reunido en la plaza hizo un silencio infinito. Todo estaba listo. Entonces un ruido lejano se dejó escuchar: era un jinete que venía a todo galope con una mano levantada. Tenía un papiro en la mano extendida. Venía gritando: cuando se acercó pudo escucharse que decía: “Traigo el indulto del emperador, traigo el indulto del emperador”. La cara del condenado dibujó una sonrisa tan grande que hasta el concurrente que se encontraba más apartado en la plaza pudo notarla.

En ese preciso momento el mandarín hizo el gesto y el verdugo dejó caer la guillotina. Fue un corte limpio. La cabeza rodó. La sonrisa le había quedado estampada para siempre en la cara. El mensajero, que era en realidad un actor, se acercó y el mandarín le arrojó una moneda de plata.

Entonces mirando a su favorita, el Mandarín sentenció: “Por lo menos, murió feliz”

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