LA PREVIA

Fue para los días finales de noviembre, cuando el descontento social empezaba a volverse incontrolable y la corrida en los bancos amenazaba con arrasar el sistema financiero. Fue cuando “el paladín” de la democracia jugó una de sus últimas cartas.


Raúl Alfonsín, que desde hacía años movía los piolines radicales, se había reunido  casi secretamente con el presidente de la Conferencia Episcopal, Estanislao Karlic: El viejo zorro radical había provocado el encuentro para plantearle al religioso la necesidad de que la iglesia mediara para evitar un estallido.

Karlic recibió con entusiasmo la propuesta de Alfonsín: la semana anterior, un documento emitido por los obispos había calificado como una “situación terminal” a la que se estaba viviendo en el país. Además, una vez más se había lamentado de la “Crisis moral” que imperaba.

En su afán por “mejorar la situación del país y sus habitantes” Karlic había tomado el guante de Alfonsín y había comenzado a realizar gestiones con contactos que tenía dentro del gobierno.

La idea de Karlic era que la iglesia fuera anfitriona de un ámbito de diálogo multisectorial.

Sin embargo el entusiasmo del religioso se vio frenado el jueves 29 de noviembre:  Ese día, un funcionario le había comunicado en nombre del presidente de la nación,  que sería el propio De la Rúa quien hiciera las convocatorias.

No hacía falta ser una luz para darse cuenta de que, en realidad, le estaban pidiendo a Karlic de una manera política que “no interfiriera”.

Sin embargo, el obispo no pensaba quedar fuera de juego y lejos de abandonar la idea del diálogo y la mediación, intensificó su actividad: de esta forma nació la idea de la reunión de Cáritas.

19 DE DICIEMBRE

A media mañana del miércoles 19 de diciembre, grupos representativos del empresariado, los sindicatos las ONGs y la política se veían las caras en la sede central de Cáritas que se encuentra en el barrio de San Telmo.

Hacia las 10 de la mañana, ya se estaban en el lugar -entre otros- el presidente de la UIA, por entonces José Ignacio de Mendiguren; el gobernador de Córdoba, José Manuel De la Sota, el Senador Eduardo Duhalde y los secretarios de las 2 CGTs, Hugo Moyano y Rodolfo Daer.

Unos minutos más tarde, la mesa se había ido completando con el gestor de la idea, Raúl Alfonsín; el operador menemista Eduardo Bauzá, el presidente del Comité Nacional del Radicalismo, Angel Rozas; el titular del Banco Nación, Enrique Olivera; el presidente de la Sociedad Rural, Enrique Crotto y el de CAME, Osvaldo Cornide, entre otros.

Los grandes ausentes eran el gobernador de Santa Fe, Carlos Reutemann, quien ya empezaba a perfilar un clásico: tenía inconvenientes con su avión y el gobernador de Buenos Aires, Carlos Ruckauf , que venía de  polemizar  en la semana públicamente con De la Rúa durante la inauguración del Campus Tecnológico de la empresa IBM.

Por parte de De la Rúa, quien en su momento había desestimado la reunión, se encontraban el jefe de Gabinete, Chrystian Colombo y Ramón Mestre, ministro del Interior.

Poco antes del mediodía, cuando la reunión promediaba, el presidente -que aparentemente había cambiado de opinión- decidió, por su cuenta, hacerse presente en Caritas.

Para hacer las 2 cuadras que separaban a la casa de Gobierno de la Central de Cáritas, De la Rúa debió usar su vehículo además de 3 vehículos de custodia.

Al ingresar a Cáritas, un grupo de vecinos le “transmitió” sus sensaciones al presidente: “Inepto, ponete a trabajar” fue lo más suave que le gritaron.

En el momento en que De la Rúa ingresaba al encuentro, el interior y el conurbano bonaerense comenzaban a incendiarse.

La noche anterior, supermercados habían sido saqueados en Moreno, San Martín, El Palomar, Tres de Febrero, Tigre y José C. Paz entre otras localidades.

Pero también habían sucedido saqueos en Rosario, Córdoba, Concepción del Uruguay, Corrientes y Resistencia.

Cuando al Presidente le tocó hablar ante los representantes de los diversos sectores de la vida económica y social del país, fiel a su estilo, solamente lo hizo acerca de generalidades y consiguió irritar más los ánimos, en lugar de calmarlos.

Hasta llegaron a producirse pequeños incidentes, como una interrupción abrupta de Cornide solicitándole la renuncia de Cavallo, un reclamo que el presidente, insólitamente, agradeció.

En esa mañana trágica De la Rúa declaraba en plena reunión: “Hay que tener confianza en las medidas que pusimos en marcha”. Ya en el paroxismo, el presidente agregaba “ No hay que alarmarse porque la situación está controlada”

Al sacarlo de la reunión, los custodios tendrían que hacer malabares para esquivar pedradas y huevazos provenientes de una turba que parecía querer desmentir el supuesto “control oficial”.

Pero el presidente no era el único funcionario que flotaba en el aire: al ser consultado por los periodistas acerca de los saqueos, Mestre, el ministro del interior había repreguntado “¿de qué saqueos me están hablando?… no sé nada”

Desde temprano, el estallido había dejando en claro su presencia: el mapa de la violencia iba cubriendo todo el país. En Santa Fe había 5 muertos. Solamente en Tucumán ya había cuatrocientos detenidos. En córdoba la municipalidad había amanecida sitiada por trabajadores del sindicato.

En Buenos Aires los saqueos iban acercándose como dominós en imparable caída hacia la capital.

Además -alentada por un notable operador mediático- una psicosis colectiva empezaba a susurrar en ciertas cabezas versiones que hablaban de columnas de desocupados que avanzaban con saña sobre countries y barrios privados en una especie de guerra civil de pobres contra enriquecidos.

En algunos  countries, el personal de seguridad pasaba por las casas pidiendo a la gente que estuviese preparada para una evacuación inmediata.

Todo parecía en efervescencia en cada rincón del país. El contraste era muy grande con  la pasividad oficial, que solo se vería interrumpida  para decretar un estado de sitio ilegal.


La policía estaba desbordada entre saqueos reales y falsas denuncias. Esto provocó que algunos tomaran las armas para evitar ser saqueados: así llegarían los primeros muertos de aquella jornada.

Desde hora temprana del miércoles 19 el objetivo central de los saqueadores habían sido, coincidentemente como si respondieran a un mandato, las grandes cadenas de supermercados. Por la tarde, cuando éstos reforzaron sus defensas, las turbas se dirigieron hacia los medianos y pequeños negocios.

A media tarde, de manera espontánea, las empresas comenzaron a dar asueto a sus empleados.

Fue cerca de las siete de la tarde, cuando los saqueos arreciaban en plena Capital Federal, y las calles de Constitución  eran un virtual campo de batalla, cuando el gobierno decidió implementar el estado de sitio, que debería haber sido implementado -en todo caso- por el congreso.

Con la viveza que no lo caracterizaba, De la Rúa lo anunció con un discurso en el que hizo un llamamiento a “distinguir a los necesitados de los violentos que se aprovechan de sus penurias”

Mientras el decreto que ordenaba el supuesto estado de sitio iba siendo delineado, De la Rúa recorría la casa de Gobierno con un cura que iba bendiciendo los salones. Previamente había condecorado a jefes militares y se disponía a efectuar uno de los tradicionales brindis de fin de año.

Como ícono de ese día de furia iba a quedar la imagen de Jian Shi llorando desesperadamente en la vereda. Los vecinos -que lo habían saqueado- le palmeaban la espalda para consolarlo.

A las 2 de la tarde una tromba de gente había arrancado las persianas metálicas de su negocio y -en menos de una hora- se habían llevado todo, hasta el arbolito de navidad que estaba junto a la caja.

Faltaban 10 minutos para las once cuando De la Rúa hablaba por anteúltima vez usando la cadena oficial de radio y televisión.

Con un discurso patético y terminal, muy alejado del énfasis que sus asesores de imagen le habían pedido, convocaría a los “compatriotas a mantener la calma” mientras les pedía a los medios “contribuir para crear el clima de paz”

 

EL CACEROLAZO


Ni bien don Fernando terminó de hablar la gente empezó a salir a los balcones, a las terrazas, a las veredas y a las plazas: De repente todos comprendieron que habían reaccionado de la misma manera y el aislamiento se rompió.

La gente agarró cacerolas, cucharones, llaveros, es decir todo aquello que pudiese hacer ruido. Y en todos los barrios de Buenos Aires y en las principales ciudades del interior, al saqueo del día sucedió el  cacerolazo de la clase media.

En este sector, la espontaneidad era evidente: la gente caminaba hacia  Plaza de Mayo con lo puesto y sin llevar pancartas partidarias. No había edades ni sexos predominantes. Incluso marchaban muchas familias completas.

En pocos minutos  unas 40 mil personas iba a juntarse en la plaza de mayo. También la Plaza Congreso se llenaría de gente gritando “que se vayan todos”

 

A la una menos veinte, Daniel Hadad, que se había extendido en el horario de “después de hora” anunció mirando a la cámara que Cavallo había renunciado.

 

EL JUEVES 2O

Desde media mañana del miércoles, aunque se desmentía oficialmente, se realizaban sondeos buscando un reemplazante para cavallo. El ungido parecía ser Chrystian Colombo.

Desde las “cumbres radicales” se bregaba por el ansiado paso al costado del ministro de economía. Ese mismo miércoles a la mañana se había realizado una reunión en el despacho del Senador Carlos Maestro, en la que se decidió hacer un último intento por convencer a De la Rúa.

Cerca de las 2 de la tarde una pequeña delegación ingresó a “Gobierno” por la entrada de Balcarce. Además del propio Maestro estaban  Alfonsín, Pernasetti y Amanda Isidori, la vicepresidenta del bloque de Senadores: Cuando entraron al despacho presidencial  notaron la presencia de Cavallo: el ministro estaba sentado a la derecha del presidente.

Con Cavallo adelante, estos valientes recularon “presidente, para darle una expectativa a la gente habría que hacer una reorganización del gabinete”

Alfonsín agregó “Claro, presidente, yo se que es una decisión privativa de usted, es usted quien nombra a sus ministros”.

Pero CavalLo, como si ignorar de lo que estaban hablando lo miró a Pernasetti y le dijo “Yo tengo que ir al Congreso a hablar con usted por el presupuesto, necesitamos sacarlo rápido”

Unas cuántas horas más tarde, a las 2 de la madrugada, cavallo hablaría por teléfono con De la Rúa “Fernando, por televisión están diciendo que renuncié”. La respuesta fue un clásico “Quedate tranquilo, mañana a primera hora nos reunimos a charlar” del presidente.

Dicen que Cavallo le creyó y se fue a dormir. Tiempo después le diría a la revista Gente “Yo nunca renuncié. Me renunciaron sin avisarme. De la Rúa dijo que estaba todo bien  y después hizo lo que hizo. Jamás esperé un final como éste”

Esa madrugada se trabajó a full. El Coty Nosiglia y Alberto Flamarique (alias José Banelco) trataban de cerrar un acuerdo de gobernabilidad con todos los sectores del peronismo.que incluía una cláusula de no agresión, la aprobación del presupuesto entre otras cosas. A cambio se entregaba a Cavallo.

 

Cuando el peronismo se negó a aceptar la negociación, el gobierno entendió más tarde que temprano que ya había entregado la prenda, es decir: ya había renunciado a Cavallo. Amanecía y afuera, ya comenzaban a escucharse los primeros disparos.

 

EL PRINCIPIO DEL FIN

Para el presidente, casi no hubo transición entre el 19 y el 20. Después de forzar la renuncia de Cavallo, poco antes de la  medianoche del miércoles, De la Rúa convocó en Olivos una reunión casi secreta.

Sus colaboradores fueron llegando escondidos y entrando por diversas puertas, ya que desde la medianoche y hasta después de las 2 de la mañana, varios millares de personas se habían juntado frente a la quinta presidencial, tal como estaba pasando en la plaza de mayo y el Congreso.

Así fueron llegando Nicolás Gallo, Juan Pablo Baylac, Chrystian Colombo, Ramón Mestre, Lucio García Batallán y Hernán Lombardi.

Al entrar a la quinta, tras sortear el cerco de caceroleros, se encontraron con algo que nunca hubiesen querido ver: todos los televisores sintonizados en TN repetían sin cesar imágenes de los violentos saqueos y los cacerolazos, todo mezclado con fragmentos del último discurso de De la Rúa, que a esa altura y con la gente en la calle, ya sonaba ridículo.

Para las primeras horas de la madrugada del 20, y pese que regía un supuesto estado de sitio, la casa de Cavallo, ubicada en Libertador y Ortiz de Ocampo estaba rodeada. Lo mismo pasaba con la casa del dictador Videla y con el edificio en dónde vivía Agustina, la hija del presidente.

Además, como para completar, la puerta de entrada de la casa del ex-vice presidente Chacho Alvarez había sido baleada.

Para esas horas, la principal preocupación de Inés Pertiné, la primera dama, era como sacar a sus hijos del país. Entonces, enojada, opinaba: “Este es un país de mediocres”

Esa noche, las luces en la residencia de los De la rúa recién se apagaron a las 5 de la mañana.

A las 8 llegaba el ministro del Interior con cara de muy,muy pocos amigos. El panorama que le traía al presidente era terrible: Durante la madrugada mucha gente se había quedado en la plaza de mayo. Había habido incendios y represión. Pese a todo, desde muy temprano continuaban llegando muchos más.

La policía se había visto obligada a reponer su provisión de balas de goma y gases cerca de las 4 de la madrugada. Pero había reemplazado el gas por uno de mayor toxicidad, que provocaba vómitos y mareos.

El personal policial se encontraba, sin relevo, desde la tarde del día anterior y estaba al borde del colapso.

Mientras De la Rúa recibía estas novedades, en Merlo, provincia de San Luis, estaban reunidos con la excusa de la inauguración de un aeropuerto los caciques peronistas.

Allí, en las tierras de “el Adolfo” se encontraban los gobernadores De la Sota, Reutemann, Kirchner, Romero, Marín, Manfredotti además de legisladores.

Por “problemas meteorológicos” no había podido llegar el avión de los bonaerenses Ruckauf y Duhalde.

Cuando De la Rúa escuchó la noticia de que esta peculiar “cumbre” peronista estaba reunida, le pidió a Mestre:

– “Llamalos para que vengan a una reunión del Consejo de Seguridad”

Mestre, para quien resultaba evidente y obvio el abandono del peronismo, solo atinó a decir:

– “Pero Fernando, no van a querer venir”

El astuto Fernando insistió:

“Ya renunció Cavallo… vos llamalos y veremos. Si no vienen, se tendrán que hacer cargo… “

Media hora más tarde, desde un despacho ubicado en el primer piso de la quinta presidencial Mestre escuchaba sin inmutarse cada negativa de los gobernadores.

El Adolfo fue el más honesto:

– “Qué nos estás pidiendo, Ramón? ¿Que nosotros pongamos la cara para la represión?

Sin apoyo en su partido, con la oposición del justicialismo y la gente en la calle, a De la Rúa no le quedaban más que algunos cuántos minutos al frente del Ejecutivo. Sin embargo, en aquel momento, todavía no lo habría percibido.

LLEGAN LAS MADRES DE LA PLAZA

Desde hace veinticinco años, cuando lo peor de la dictadura arreciaba, las Madres de Plaza de Mayo realizan su marcha de los días jueves. Este día era jueves y no iba a ser la excepción. Ni siquiera eso le salía a De la Rúa.

Pero esa mañana la plaza amanecía de una guerra padecida durante la madrugada anterior.

Cuando se disponían a avanzar hacia la pirámide de Mayo, el Dr Schoklender, que acompañaba a Hebe de Bonafini advirtió:

– “No vamos a poder  llegar, están las vallas y no nos van a dejar pasar”

Hebe de Bonafini apretó más fuerte los brazos de las compañeras con las hacía una especie de cordón, suspiró y dijo:

– “Vamos igual”

Entonces, como si se tratara de una carga de caballería de los granaderos de San Martín enfrentando a las huestes realistas, jinetes de la Federal cargaron contra las madres con bastones y lanza gases y rompieron la columna.

Con ese vivo recuerdo de la dictadura comenzó nuevamente la represión, que no terminaría sino hasta la caída de De la Rúa. La suerte del último gobierno radical estaba echada. Ni los militares se había atrevido a reprimir a “las locas dela plaza”.

LA BATALLA DE PLAZA DE MAYO

Como si se tratara de una potencia extranjera acechando al gobierno nacional, durante las horas siguientes policías uniformados y de civil dispararon gases, balas de goma -y de las otras-  contra la gente.


Plaza de Mayo y las diagonales, la zona del  microcentro y hasta el obelisco eran un campo de operaciones para tiradores parapetados, infantería y grupos de civiles que avanzaban y retrocedían arrojando piedras.

A diferencia de la noche anterior, esta vez, había gente preparada para resistir y hasta empezaban a aparecer puntas de organizaciones, como por ejemplo, los motoqueros que -amanera de respuesta- se habían convertido en la caballería de los manifestantes.

¿LLEGA LA LEY?

Cuando se acercaba el mediodía, abriéndose paso entre la gente como podía, llegó hasta la plaza la jueza María Romilda Servini de Cubría.

La jueza, que se encontraba de turno, quiso ponerse al tanto de lo que estaba sucediendo.

Actuaba de oficio, quería saber quién había dado la orden de reprimir. Además quería ordenar que la represión cesara d inmediato.De hecho, le impartió estas órdenes a… “El Fino Palacios” (te suena?)

Pero se encontró con una respuesta firme por parte del jefe de la federal. Santos le dijo que “El estado de sitio estaba por encima de la justicia”

Cuando el presidente comenzó a tomar noción del volumen de la revuelta, se permitió sugerirle al General Ricardo Brinzoni, Jefe del Estado Mayor del Ejército, la posibilidad de movilizar tropas. Los jefes militares le pidieron que la convocatoria la hiciera el Congreso y no él.

Como justificación, le explicaron que las Fuerzas Armadas no intervendrían en la represión por medio de un decreto presidencial, ya que la última vez eso había sucedido durante el gobierno de Isabel Perón y todavía no conseguían reponerse de las consecuencias.


Por la tarde las refriegas continuaron de manera initerrumpida. La televisión mostraba imágenes de policía deteniendo a jóvenes y mujeres que arrastraban de los pelos, además de escenas de combates con bastones y balas de goma.


Cuando, hacia la tarde-noche, las cifras de la represión -solamente en la zona del microcentro- ascendía a 5 muertos y 41 heridos de bala, además de cientos de manifestantes detenidos o con irritaciones severas por causa de los gases, la jueza Servini de Cubría acusó formalmente a De la Rúa por homicidio y le prohibió la salida del país.

CHAU CHUPETE

Durante los 2 días previos a su salida, habían muerto veinticuatro personas. Definitivamente, la de De la Rúa estaba lejos de ser una salida elegante.

Mientras las calles hervían y la gente ya llevaba horas resistiendo a la represión, a las 16.15, De la Rúa apareció en las pantallas de TV.

Desde su despacho helado al máximo, Antonito De la Rúa había escrito momento antes el discurso destinado a ser el último fracaso público de su padre.

La intención del mensaje era clara: transferir la responsabilidad al peronismo, y de última, irse como una víctima. El discurso no pudo emitirse por la cadena nacional porque los técnicos de canal 7 se declararon en conflicto.

Cuando De la Rúa entró al salón de conferencias todos parecían demacrados y serios.

De la Rúa, en cambio, intentó una mueca de sonrisa, y como para romper el hielo dijo:

-”Vamos a esperar a que lleguen los demás ministros que vienen por la escalera”

Pero esos supuesto ministros nunca llegaron.

Unos minutos después de que el discurso, con su clarísima invocación al peronismo había terminado Baylac, se mandó por su cuenta a la sala de periodistas que estaba repleta y dijo:

– “Si el peronismo dice que no, el presidente renuncia”.

Cuando De la Rúa vio a Baylac por televisión se quiso morir. Envió a su fiel Gallo quien intempestivamente se metió en la sala de periodistas y declaró:

-”El presidente no renunció ni redactó la renuncia. Va a esperar la respuesta del peronismo que se reúne en San Luis”

Inmediátamente, cuando los periodistas se abalanzaron para llenarlo de preguntas, Gallo salió con un insólito:

-”Hablemos de cosas lindas”.

Unos minutos después de las 7 de la tarde, Humberto Roggero decidió contestar en nombre de todo el peronismo: De la Rúa , que no había sido avisado con anticipación, terminó enterándose por la televisión de que el justicialismo no pensaba consensuar.

Después de ver al legislador, De la Rúa, ante el puñado de colaboradores que le iban quedando dijo lapidario “se acabó”.

Unos minutos más tarde, Víctor Bugge, el fotógrafo oficial de la casa de Gobierno salía del baño y se topó con el presidente, quien lo tomó del hombro y le dijo:

– “ Venga a mi despacho y sáqueme la última foto”

Mientras el fotógrafo trabajaba, De la Rúa simulaba acomodar unos papeles. Al despedirse le pidió que le mandara una copia, para tenerla de recuerdo.

Después de discutir largo rato acerca de si el techo de la Casa Rosada lo soportaría o no, fue finalmente un helicóptero quien se llevó al presidente.

Gallo le había transmitido oportunamente su temor de que terminaran como Ceausescu.

Cuando el helicóptero despegó del techo de la rosada eran 19.56 del jueves 20 de diciembre.

Afuera, en un microcentro devastado, la gente cantaba el himno celebrando el triunfo.

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