La muerte no es la misma durante toda la vida.

Cuando somos chicos es ajena: el único temor consiste en que sorprenda a nuestros seres queridos.

Cuando somos jóvenes nos parece terrible, casi intolerable.

En nuestra adultez empezamos a mirarla a los ojos: consentimos su existencia aunque muy a nuestro pesar.

Pero en la vejez ganamos cierta confianza, cierta intimidad.

Entonces la idea de la propia muerte no duele tanto como la pérdida de la juventud y sus beldades.

Y en el final comprendemos que no es el punto el que valoriza la frase de la oración que se ha cerrado.

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