Los cronistas que lo conocimos nunca olvidaremos su paciencia para explicarnos las cosas: con él nuestras notas se convertían en clases. Muchas veces nos regalaba sus libros y pasaba minutos asegurándose de que entendiéramos porque según decía “ustedes tienen la obligación de informar al pueblo”

Cómo olvidar su frase con la que siempre se despedía? “Lean los fallos”

Una vez nos recibió en su despacho de Tribunales. Para explicarnos dos cosas tardó 40 minutos: pero para cada punto nos mostró al menos 4 ó 5 antecedentes que enmarcaban y justificaban lo que él decía. Ahí entendí el peso de sus palabras: jamás en el aire siempre fundamentadas.

Pasaron los años y en el Dr. Fayt que ya era grande, la vejez fue aumentando. Al final su presencia ya no era la misma. La imagen de ese jurista brillante considerando un notable por sus colegas se fue desdibujando.

Entonces las “clases” en la puerta de su casa se volvieron una voz en el portero eléctrico: “Coronel (tal el nombre de su chofer y custodio) dígale a los muchachos que no me esperen, que hoy trabajo desde casa”. 

Decidido a no ser dado de baja resistió al gobierno que quiso hacerlo renunciar. No fue si no hasta que ese mandato llegó a su final que se retiró. Esperó que asumiera el nuevo gobierno y  entonces, renunció. Ya poco quedaba de esa eminencia respetada y admirada por todos sus colegas.

Pero él no iba a ser despojado por la coyuntura política de un momento determinado. Eso no era justo. Y él era Justicia.

Descanse en paz, Dr. Fayt

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