La lenta agonía de las democracias

La irrupción democrática de figuras autoritarias que amenazan a las minorías subraya la idea de que las democracias ya no serán reemplazadas intempestivamente como sucedía con las dictaduras militares, pero acabarán por desteñirse en manos de gobiernos despóticos que reducirán a la mínima expresión a sus opositores y minorías.

Trump diciendo que no necesita una enmienda constitucional para quitar el derecho de ciudadanía a los hijos de los inmigrantes y Bolsonaro nombrando ministro de Justicia al juez que encarceló a su adversario político allanándole el camino a la presidencia son los dos ejemplos más recientes que nos advierten sobre el riesgo de muerte de la democracia como la conocimos sin que quede clara su herencia.

En este sentido, el politólogo Adam Przeworski dice en su último libro “Por qué molestar con elecciones?” (Why Bother with Elections?) que hasta aquí, el principal rol de las democracias no ha sido tanto garantizar la satisfacción de los votantes sino el de proveer a las sociedades de un mecanismo pacífico para dirimir diferencias, de manera tal que aquellos que pierden pueden seguir participando confiando en que en los próximos comicios podrán ser la opción ganadora consiguiendo la alternancia.

En este sentido, el surgimiento de estos gobiernos pone en riesgo aquel viejo axioma que dice: “La democracia no es la dictadura de las mayorías sino la garantía de las minorías”

Estos principios podrían ser puestos en riesgo si los nuevos líderes van a echar mano a los demás poderes decidiendo discrecionalmente dónde y cuándo caerá la justicia y especialmente -como en los casos de los citados Trump y Bolsonaro- se amenaza directamente a los adversarios electorales conque serán encarcelados en sus futuros gobiernos.

Se dirá por ejemplo que lo hecho por Bolsonaro nombrando ministro al juez Moro puede no resultar muy ético pero tampoco es ilegal.

Responderemos entonces: “Así se empieza”.

El tema no es cómo se empieza sino cómo termina. Habrá que estar atentos y no convalidar excesos de nuestros adversarios políticos, ni mucho menos de nuestros candidatos.

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