Hace hoy 41 años.

Hace 41 años, un 25 de junio como hoy era domingo: un día lluvioso y frío, típico del invierno porteño. Yo era chico pero lo recuerdo bien…  Cómo olvidarlo si Argentina iba a jugar la final del mundial en la cancha de River?

Recuerdo que en mi mente infantil quedó grabada una nota que se hizo ese mediodía por la tv a un vendedor ambulante en la entrada de la cancha. Vendía una especie de paraguas sombrero, ideal para lo que se preveía sería un domingo bajo la lluvia, al menos para todos aquellos que acudieran a la cita histórica de nuestro fútbol. Creí entonces que estaba viendo un invento “del futuro”, pero nunca más volví a ver esos “gorros paraguas”.

Vimos la previa del partido en familia, fue la sobremesa. Mi abuelo y mi tío –ambos italianos- hablaban del partido por el 3er puesto que “la azurra” había perdido el día anterior ante Brasil. Me regalaron un gorrito que los brasileños les habían dado en la cancha. Lo conservé por varios años. Yo no entendía lo que decía: “Brasil tri-campeao do mundo, torcida bustamante” curiosa la memoria infantil que guarda estos datos inútiles con fidelidad.

En esa tarde climáticamente horrible nos fuimos al departamento de mi vieja, un momoambiente en frente del bar “Los Pumas” (nuevo por entonces) en San Isidro.

La TV valvular en blanco y negro se veía todo lo bien que podía verse aquello. Algo que un chico de hoy consideraría inaceptable.

Así viví ese partido, con mi vieja tejiendo a mis espaldas. Yo no entendía mucho de fútbol porque era chico. Para mí los buenos eran los que hacían goles. Y Kempes era bueno.

Hizo el primer gol, pero cuando el partido se moría, un holandés llamado “Naninga” nos aguó el festejo. En esa tan delicada situación viví el primer alargue de mi vida. Pero estaba confiado porque en el arco estaba el Pato Fillol, que para mí era más que superman. Ya le habían hecho un gol. Más no se le podía hacer.

Por suerte el tal Kempes todavía estaba en cancha y llegó otro gol y uno más de un tal Bertoni.

La ventana del departamento de mi vieja en mi mente infantil se convirtió en una platea del monumental desde donde yo tiraba papelitos. Era el único del edificio haciéndolo, pero hice bastante kilombo.

Mi viejo pasó a buscarme y fuimos a festejar en auto. Todos se habían vuelto locos. Esa tarde/noche el habitual color gris plomizo de esa época de mierda había cambiado. Todo era alegría y festejo en las calles. Fue la primera vez que ví un festejo popular. En tiempos de dictardura todo estaba prohibido, pero esta alegría estaba auspiciada por la junta.

Yo no lo sabía entonces pero ese día terminé de volverme hincha de fútbol y de la selección.

Hace hoy 41 años.

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