El último asalto a la ilusión.

“Es un cambio de época” aseguraba Macri al ganar las elecciones de 2015. Y no era el único: voces salidas desde el peronismo disidente de Cristina auguraban un nuevo paradigma en el cual “el kirchnerismo quedaba superado por una fuerza que manejaría una nueva era en el país”. Al menos hasta las elecciones de medio término de 2017 se sintió fuerte el concepto de que quienes habían gobernado la nación en los últimos períodos “No vuelven más”. Pero entonces, comenzó la debacle.

En la misma noche en la que el macrismo ganó las elecciones Legislativas nos llegaba la noticia de que aumentaría el combustible. No sería un hecho aislado: apenas el primero en una serie interminable de aumentos que llegaron a darse de hasta dos por mes en el año siguiente, con el consecuente y archisabido efecto inflacionario.

https://www.youtube.com/watch?v=HYbs4v4Ziso&t=70s

A los pocos días de producida la victoria de medio término, el macrismo difundió su intención de meter la mano en el castigadísimo bolsillo de los jubilados a través de un cambio en la fórmula conque se liquidaban las jubilaciones, cosa que sería revolucionaria ya que, según el diputado macrista Pablo Tonelli “los jubilados ganarían menos plata, pero no perderían poder adquisitivo” (SIC).

https://www.youtube.com/watch?v=uXR0gV0OoRc

Como para completar el panorama, a fin de ese año 2017 llegó lo que el economista Javier Milei llamaría “el golpe de estado de Marcos Peña al Banco Central” en donde se modificaron las metas inflacionarias y se pulverizó la autonomía que tenía la entidad, terminando de paso con la gestión de Sturzenegger.

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Allí comenzaría un 2018 en donde la constante serían los saltos inflacionarios, especialmente de los alimentos, golpeando durísimo a los bolsillos de la clase trabajadora y media, estos últimos, núcleo duro de votantes macristas.

En este terrible contexto –en lugar de darle paliativos a la gente- se la jaqueó con aumentos de todo tipo y clase en los servicios, que si bien es cierto que estaban atrasados y que había un consenso generalizado de que debían actualizarse para achicar los subsidios, no es menos cierto que la promesa electoral era que esa actualización se haría en un contexto sin inflación y en medio de una lluvia de inversiones...

Lamentablemente solo la parte onerosa para el público pudo ser verificada. El resto, no.

Como marco a esta situación que describo, lo que sí llovía eran medidas que fomentaban la especulación y la bicicleta financiera en detrimento de la producción, que veía caer sostenidamente sus números y consecuentemente, aumentar el desempleo.

Es verdad que Macri hasta acá no había producido problemas nuevos, pero profundizó los que dejó Cristina y que él venía a solucionar con “el mejor equipo de los últimos 50 años”.

Los problemas nuevos empezaron cuando Macri consideró que debía recurrir al FMI. En lo que fue el sello distintivo de su gestión una vez no bastó: tuvo que “corregir” porque a los dos meses el crédito solicitado ya no servía, debiéndose renegociar nuevas condiciones y solicitándose adelantos de los desembolsos… y que el que viniera después se arregle cómo pueda!

Lo que sigue es un dominó en el que las fichas van cayendo sin solución y donde la palabra “control” se reduce meramente a observar las sucesivas caídas.

Así se llegó a las PASO en dónde Macri recibió un baldazo de agua fría que lo sacó de la nebulosa de su entorno y le hizo ver que la diferencia ya era irremontable. Su respuesta política fue lanzar una serie de medidas que un año atrás hubiese considerado “populistas” y muy contrarias a lo que él siempre había proclamado. Y todo con la justificación de que “había escuchado”.

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Se convirtió entonces el gobierno de Macri en su etapa final en un nuevo cúmulo de promesas:

“Ahora entendimos, todo va a ser diferente”. Y la gente tenía que creer –mediante un inmenso acto de fe- que quien durante estos años no le había podido encontrar nunca la solución  a la economía, ahora sí la tendría lista y pronta a ser implementada ni bien se le concediera un nuevo mandato.

 


Se termina la última gran ilusión de la clase media no peronista, a la que dejó en banda el radicalismo, la esperanza de un sector que puede llegar eventualmente –como demostró 2015- a la mitad de los votantes.

Macri pasó sin concretar casi nada de lo que prometió. Sus partidarios podrán esgrimir cómo logro el “combate a la corrupción” que dejó una serie de ex funcionarios y empresarios detenidos, pero la verdad es que en general dichas detenciones se produjeron con preventivas de discutible regularidad y que de hecho se caen antes del cambio de gobierno.

Se va Macri, con su propagandista importado en la mesa chica de las decisiones argentinas y con un nivel de marketing que veremos si puede sostener cuando esté fuera del manejo del estado.

Podrán sus figuras postergadas (Vidal y Larreta) tener la chance que no se les permitió de disputar una carrera interna presidencial? Se la darán ellos mismos a esta oportunidad? O seguirán relegados como en el organigrama de una empresa?

Se termina así, tristemente al que desde siempre llamé “el gobierno del futuro” porque todo pasaría en un hermoso tiempo porvenir (cuando le agarre la mano, en el segundo semestre, con el apoyo del FMI o en la 2da gestión).

Queda la enseñanza para quién quiera tomarla: la sensibilidad es fundamental, más que las encuestas. Porque entender detrás del mensaje de las urnas te deja afuera. A las pruebas me remito.

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