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Cae la tarde, se están estirando las sombras, suena música y un olor irresistible que va cubriendo las carpas: “El chancho no se vende -me comenta un acampante- es para los compañeros!”
Frente al Cabildo, desde un cantero, un asador improvisado pero perfecto, sostiene a un lechón, varios vacíos y docenas de chorizos.
El gran gazebo que hace de núcleo de varias carpas instaladas hace una semana en la Plaza neurálgica de Buenos Aires ha quedado vacío.
La muchedumbre se ha agolpado a la altura de la pirámide, donde desde un escritorio en un  escenario ha comenzado a discursear Víctor Hugo.
El vozarrón del oriental hace retumbar palabras en los rincones de la Plaza “Hegemónicos”, ” censura”, “represión”… La gente aplaude.

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Volviendo hacia el gazebo me cruzo con ” la feria”: una treintena de puestos donde coexisten artesanos, microemprendedores y manteros que venden baratijas chinas.
Uno que vende fundas de plásticos de las peores para celulares me dice: “yo vendía en Acoyte, pero la policía nos corrió… Y acá estamos”

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Se escuchan bombos: “Ahí vienen los murgueros” grita un pibe. Son de distintas murgas y vienen a solidarizarse con los pibes baleados de bala de goma en bajo Flores.
Víctor Hugo se ha ido. Las sombras también. Oscurece.
El olor del lechón es insostenible: “Quedate si querés, va a estar para las 10”.
Agradezco y me voy. Mi programa terminó. Ha sido una tarde distinta en Plaza de Mayo

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