Así empezaron a construir el Bolsonaro argentino.

Si algo distinguió al triunfo de Bolsonaro fue la irrupción de las fake news directamente en los celulares de los votantes. En la Argentina no nos quedamos atrás y funcionarios, periodistas y medios inventan y deforman noticias intencionalmente con el propósito de crear las condiciones para que determinadas cuestiones sucedan. Cada paso adelante en el mundo de las fake news nos aleja de cualquier pretensión de política más seria y nos acerca a nuestro Bolsonaro, sea bajo la forma de un Olmedo, Obarrio, Grabois, Baby o como quieran pensarlo.

El periodista Bruno Bimbi contaba en “Milenium hoy” que ayer, mientras la segunda vuelta electoral estaba en curso, miles de brasileros recibían en sus celulares a través de whatsapp la noticia de que una menor había denunciado a Haddad por violación. Efectivamente se trataba de una Fake News. Una más porque si algo ha caracterizado a la campaña del presidente electo son los escándalos en torno a esta consecuencia de la “posverdad” que son las “Noticias Falsas”.

De hecho entre las acusaciones que se formularon, el propio adversario de Bolsonaro, Fernando Haddad, lo denunció por haber creado una organización ilícita con empresarios cuyos aportes de campaña iban directamente a organizaciones de marketing internacionales cuyo objetivo era instrumentar campañas de noticias falsas con las que bombardeaban a los votantes a través de Whatsapp.

En nuestro país están dadas las condiciones para crear el monstruo a través de la descalificación de sus adversarios via Fake news por dos razones:

Primero porque de momento no hay defensa posible contra una catarata mediática que repite una mentira instalada convenientemente.

Segundo porque ya -como en Brasil- no son los meros propagandistas sino los dirigentes quienes empezaron a levantar la voz en el coro de las mentiras dirigidas.

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Leopoldo Moreau blandiendo en plena sesión de la Cámara de Diputados, una foto de otra marcha ocurrida hace años, citando datos y nombres que no correspondían con los sucesos que denunciaba,  como si fuera un novato engañado que no es, sirve de ejemplo.

Pero también sirve de ejemplo permanentemente Elisa Carrió, por ejemplo cuando aseguró que Maldonado se encontraba en Chile, o más recientemente cuando sostuvo que a la ministra de Seguridad la engañan dejándole cargamentos de droga para que descubra mientras el negocio sigue, cosa que después no denunció institucionalmente como hubiese correspondido o cuando fue y vino con la amenaza de juicio político al ministro de Justicia.

Otro tanto pasa con los grandes medios de información: siempre existieron pasquines amarillentos , pero que el  canal de noticias segundo en importancia del país salga a decir que que había ganado por amplia diferencia el candidato que perdió y que su editorialista afirme que “Scioli ganó por amplísima diferencia, por más de tres millones de votos” parece algo normal, un error perdonable que puede pasar.

De la misma manera, los dos diarios más importantes del país nos tienen acostumbrados a títulos y portadas que dicen cosas cuyas notas finalmente no terminan de ratificar. El último ejemplo que recuerdo es el de Claudio Uberti en la causa de los cuadernos, donde titularon como si afirmara que había dinero de las coimas en la casa de Kirchner, pero cuando se lee la nota dice textualmente que él “no había visto el dinero pero lo sabía por comentarios”.

Al final… cuántos leen la nota entera y cuántos apenas los titulares?

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Es fundamental que defendamos la información y busquemos fuentes confiables. En esta tarea ya no podemos quedarnos con un medio tal o cual:

Es necesario hilar más fino y ver quién está detrás los datos: la información anónima es dañina, pero la información falsa avalada por  grandes medios es letal

En esta tarea hay que discriminar: ver quiénes mienten siempre, quiénes solo nos cuentan noticias que favorecen a su sector político o empresario y quiénes informan sin importar el color político que tenga el protagonista de la información.

En este último caso no se trata de encontrar a los dueños del a verdad o a los poseedores de la objetividad absoluta, sino a quienes desde su subjetividad priorizan a la información al efecto, algo buscado o deseado por los así llamados “formadores de opinión”.

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